martes, 10 de noviembre de 2015

Discurso monopolizado

Cuando el sexo se convierte en obsesión

Cuando empecé a utilizar internet a finales del siglo pasado, me interesé por conocer a personas de todo el mundo por este medio. Miraba listas que editaba alguna página web y seleccionaba aquellos anunciantes con los que pensaba que podía sintonizar. Al presentarme ante cada una de ellos les exponía algunos datos personales como la edad, el lugar de residencia y aficiones para que pudieran situarse en su interés. Durante bastante tiempo mantuve trato epistolar habitual con una decena de personas y conocí personalmente a cuatro de ellas. Tengo un buen recuerdo de estos encuentros aunque, por razones diversas, en estos momentos la relación se haya desvanecido.

Siempre enfoqué estos contactos como lo que sería habitual en una correspondencia postal, es decir, leer el correo y contestar al cabo de unos días. Como pasa con la amistad, a medida que la confianza crecía, más aspectos de mi vida personal daba a conocer, teniendo en cuenta también quién era el interlocutor. En ningún momento me planteé falsear mi identidad, no me interesa relacionarme ocultándome en el anonimato o en un nick, porque buscaba una relación franca que pudiera enriquecerme con el intercambio de experiencias.

Una de las cosas que me sorprendió con algunos de mis interlocutores fue la de aquellos que al contestar a mi presentación decían “podemos hablar de todo”. Ingenuamente pensaba “perfecto”. Luego me di cuenta que esa expresión significaba para ellos hablar exclusivamente de sexo. Como no entraba al trapo, porque no tenía interés en que un tema monopolizase la correspondencia, estos intercambios se acababan pronto. Lo más frecuente era que ya no respondieran mi contestación a su correo.

Toda esta experiencia me la ha recordado la lectura de uno de los ensayos incluidos en el libro de C. S. Lewis Dios en el banquillo. El último, titulado “No existe un «derecho a la felicidad»”,* parte de una conversación del autor con una mujer: «Después de todo, dijo Clara, tienen derecho a la felicidad», con la que comenta el enlace de dos divorciados: “El señor A había abandonado a la señora A y se había divorciado de ella para casarse con la señora B.” ¿Cuál fueron los motivos de los divorcios? Insatisfacción sexual: “Resultaba evidente que ninguno de ellos era feliz con su antiguo cónyuge. Al principio la señora B adoraba a su marido, que resultó destrozado algún tiempo después en la guerra. Se pensaba que había perdido la virilidad y todos sabíamos que se había quedado sin empleo… A la pobre señora A tampoco le iban bien las cosas. Había perdido su antiguo aspecto y con él su viveza. Tal vez fuera verdad que se había consumido dando a luz y alimentado a sus hijos en medio de una larga enfermedad que ensombreció su antigua vida matrimonial.” Después de relatar las tristes consecuencias del divorcio para el señor B y la señora A, reflexiona Lewis sobre la felicidad y la manera de enfocarlo por algunas personas: “creo que cuando Clara dice «felicidad», quiere decir única y exclusivamente «felicidad sexual». En parte porque las mujeres como Clara no usan nunca la palabra «felicidad» en otro sentido. Pero también porque jamás he oído hablar a Clara de «derecho» a ninguna otra cosa.”

Como dice Catherine L’Ecuyer en el magnífico libro Educar en la realidad, que estoy leyendo: “La felicidad es un estado de plenitud que es una consecuencia, no es un medio ni un fin… es la consecuencia de una vida plena y con sentido. Si no hay sentido, no hay felicidad verdadera. Y cuando hay sentido, puede haber felicidad, a pesar del sufrimiento y las dificultades.”

Tanto el libro de Lewis como el de L’Ecuyer tienen muchos más atractivos para animar a su lectura.

* Clive Staples Lewis: Dios en el banquillo (God in the dock) 1963 – Ediciones Rialp 2008 – Traducción: José Luís del Barco. Páginas 120 a 127

* Catherine L’Ecuyer: Educar en la realidad 2015 – Plataforma editorial – 6. El sentido, páginas 66-67

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