Cuando el sexo se
convierte en obsesión
Cuando empecé a utilizar
internet a finales del siglo pasado, me interesé por conocer a personas de todo
el mundo por este medio. Miraba listas que editaba alguna página web y seleccionaba
aquellos anunciantes con los que pensaba que podía sintonizar. Al presentarme ante cada una
de ellos les exponía algunos datos personales como la edad, el lugar de
residencia y aficiones para que pudieran situarse en su interés. Durante
bastante tiempo mantuve trato epistolar habitual con una decena de personas y
conocí personalmente a cuatro de ellas. Tengo un buen recuerdo de estos
encuentros aunque, por razones diversas, en estos momentos la relación se haya
desvanecido.
Siempre enfoqué estos
contactos como lo que sería habitual en una correspondencia postal,
es decir, leer el correo y contestar al cabo de unos días. Como pasa con la
amistad, a medida que la confianza crecía, más aspectos de mi vida personal
daba a conocer, teniendo en cuenta también quién era el interlocutor. En ningún
momento me planteé falsear mi identidad, no me interesa relacionarme ocultándome
en el anonimato o en un nick, porque buscaba una relación franca que pudiera enriquecerme
con el intercambio de experiencias.
Una de las cosas que me
sorprendió con algunos de mis interlocutores fue la de aquellos que al
contestar a mi presentación decían “podemos hablar de todo”. Ingenuamente
pensaba “perfecto”. Luego me di cuenta que esa expresión significaba para
ellos hablar exclusivamente de sexo. Como no entraba al trapo, porque no tenía
interés en que un tema monopolizase la correspondencia, estos intercambios se
acababan pronto. Lo más frecuente era que ya no respondieran mi contestación a
su correo.
Toda esta experiencia me
la ha recordado la lectura de uno de los ensayos incluidos en el libro de C. S.
Lewis Dios en el banquillo. El último,
titulado “No existe un «derecho a la felicidad»”,* parte de una conversación del
autor con una mujer: «Después de todo, dijo Clara, tienen derecho a la
felicidad», con la que comenta el enlace de dos divorciados: “El señor A había
abandonado a la señora A y se había divorciado de ella para casarse con la
señora B.” ¿Cuál fueron los motivos de los divorcios? Insatisfacción sexual: “Resultaba
evidente que ninguno de ellos era feliz con su antiguo cónyuge. Al principio la
señora B adoraba a su marido, que resultó destrozado algún tiempo después en la
guerra. Se pensaba que había perdido la virilidad y todos sabíamos que se había
quedado sin empleo… A la pobre señora A tampoco le iban bien las cosas. Había
perdido su antiguo aspecto y con él su viveza. Tal vez fuera verdad que se
había consumido dando a luz y alimentado a sus hijos en medio de una larga
enfermedad que ensombreció su antigua vida matrimonial.” Después de relatar las
tristes consecuencias del divorcio para el señor B y la señora A, reflexiona Lewis sobre la
felicidad y la manera de enfocarlo por algunas personas: “creo
que cuando Clara dice «felicidad», quiere decir única y exclusivamente
«felicidad sexual». En parte porque las mujeres como Clara no usan nunca la
palabra «felicidad» en otro sentido. Pero también porque jamás he oído hablar a
Clara de «derecho» a ninguna otra cosa.”
Como dice Catherine L’Ecuyer
en el magnífico libro Educar en la
realidad, que estoy leyendo: “La felicidad es un estado de plenitud que es
una consecuencia, no es un medio ni un fin… es la consecuencia de una vida
plena y con sentido. Si no hay sentido, no hay felicidad verdadera. Y cuando
hay sentido, puede haber felicidad, a pesar del sufrimiento y las dificultades.”
Tanto el libro de Lewis
como el de L’Ecuyer tienen muchos más atractivos para animar a su lectura.
* Clive Staples Lewis: Dios
en el banquillo (God in the dock) 1963 – Ediciones Rialp 2008 – Traducción:
José Luís del Barco. Páginas 120 a 127
* Catherine L’Ecuyer: Educar en la realidad 2015 – Plataforma editorial
– 6. El sentido, páginas 66-67
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