martes, 22 de marzo de 2016

Agostar el germen de la violencia

Superar el mal con el bien

Cuando ocurren atentados como los de hoy en Bruselas me pregunto acerca de la fascinación por la violencia que invade la mente de tantos jóvenes. Es un fenómeno que con diversas connotaciones ha estado habitualmente presente en la sociedad. Para combatirlo no basta con una actuación reactiva hacia aquellos grupos en los que se concentra, ni fijar la atención en los motivos aparentes: políticos, económicos, religiosos, étnicos Hay quien se afana en lanzar la semilla de la discordia pensando que va a sacar provecho de la situación que se genere: a río revuelto ganancia de pescadores, pero para que germine hace falta que se encuentre con un campo roturado preparado para acogerla.

Revertir el atractivo por la violencia es una tarea que atañe a toda la sociedad, no sólo a los gobernantes. Las fuerzas de seguridad pueden ejercer un efecto disuasorio y ayudar a prevenir o repeler algunas acciones, pero donde anida un comportamiento violento se busca cualquier resquicio para ejercerlo, mientras no encuentre una vacuna social eficaz que le permita modificar sus planteamientos vitales.

Una actitud proactiva para orientar el ímpetu propio de la juventud hacia actividades que redunden en provecho de la sociedad es el reto que compete a todos, incluidos los propios jóvenes, desde el lugar y la responsabilidad que cada uno ocupe.

En esta tesitura hace algo más de 33 años Juan Pablo II * se dirigía a la juventud española basándose en el mensaje de las bienaventuranzas que supone una respuesta ante la experiencia del mal que nos acecha:
En la base de (las bienaventuranzas) se halla una pregunta que vosotros os ponéis con inquietud: ¿por qué existe el mal en el mundo?
Las palabras de Cristo hablan de persecución, de llanto, de falta de paz y de injusticia, de mentira y de insultos. E indirectamente hablan del sufrimiento del hombre en su vida temporal.
Pero no se detienen ahí. Indican también un programa para superar el mal con el bien.
Efectivamente, los que lloran, serán consolados; los que; sienten la ausencia de la justicia y tienen hambre y sed de ella, serán saciados; los operadores de paz, serán llamados hijos de Dios; los misericordiosos, alcanzarán misericordia; los perseguidos por causa de la justicia, poseerán el reino de los cielos.
¿Es ésta; solamente una promesa de futuro? Las certezas admirables que Jesús da a sus discípulos ¿se refieren sólo a la vida eterna, a un reino de los cielos situado más allá de la muerte?
Sabemos bien, queridos jóvenes, que ese reino de los cielos es el reino de Dios, y que está cerca. Porque ha sido inaugurado con la muerte y resurrección de Cristo. Sí, está cerca, porque en buena parte depende de nosotros, cristianos y discípulos de Jesús.
Somos nosotros, bautizados y confirmados en Cristo, los llamados a acercar ese reino, a hacerlo visible y actual en este mundo, como preparación a su establecimiento definitivo.
Y esto se logra con nuestro empeño personal, con nuestro esfuerzo y conducta concorde con los preceptos del Señor, con nuestra fidelidad a su persona, con nuestra imitación de su ejemplo, con nuestra dignidad moral.
Así, el cristiano vence el mal; y vosotros, jóvenes españoles, vencéis el mal con el bien cada vez que, por amor y a ejemplo de Cristo, os libráis de la esclavitud de quienes miran a tener más y no a ser más.
Cuando sabéis ser dignamente sencillos en un mundo que paga cualquier precio al poder; cuando sois limpios de corazón entre quien juzga sólo en términos de sexo, de apariencia o hipocresía; cuando construís la paz, en un mundo de violencia y de guerra; cuando lucháis por la justicia ante la explotación del hombre por el hombre o de una nación por la otra; cuando con la misericordia generosa no buscáis la venganza, sino que llegáis a amar al enemigo; cuando en medio del dolor y las dificultades, no perdéis la esperanza y la constancia en el bien, apoyados en el consuelo y ejemplo de Cristo y en el amor al hombre hermano. Entonces os convertís en transformadores eficaces y radicales del mundo y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que Cristo trae como mensaje.
De esta forma, el hombre y sobre todo el joven que se acerca a la lectura de la palabra de Cristo con la pregunta de por qué existe el mal en el mundo, cuando acepta la verdad de las bienaventuranzas, termina poniéndose otra pregunta: ¿qué hacer para vencer el mal con el bien?
Más aún: acaba ya con una respuesta a esa pregunta, que es fundamental en la existencia humana.
Y bien podemos decir que quien halla esta respuesta y sabe orientar coherentemente su conducta ha logrado hacer penetrar el Evangelio en su vida. Entonces es verdaderamente cristiano.
Con los criterios sólidos que saca de su convicción cristiana, el joven sabe reaccionar debidamente ante un mundo de apariencias, de injusticia y materialismo que le rodea.
Ante la manipulación de la que puede sentirse objeto mediante la droga, el sexo exasperado, la violencia, el joven cristiano no buscará métodos de acción que le lleven a la espiral del terrorismo; éste le hundiría en el mismo o mayor mal que critica y depreca. No caerá en la inseguridad y la desmoralización, ni se refugiará en vacíos paraísos de evasión o de indiferentismo. Ni la droga, ni el alcohol, ni el sexo, ni un resignado pasivismo acrítico eso que vosotros llamáis pasotismo”— son una respuesta frente al mal. La respuesta vuestra ha de venir desde una postura sanamente crítica; desde la lucha contra una masificación en el pensar y en el vivir que a veces se os trata de imponer; que se ofrece en tantas lecturas y medios de comunicación social.
¡Jóvenes! ¡Amigos! Habéis de ser vosotros mismos, sin dejaros manipular; teniendo criterios sólidos de conducta. En una palabra: con modelos de vida en los que se pueda confiar, en los que podáis reflejar toda vuestra generosa capacidad creativa, toda vuestra sed de sinceridad y mejora social, sed de valores permanentes dignos de elecciones sabias. Es el programa de lucha, para superar con el bien el mal. El programa de las bienaventuranzas que Cristo os propone.


*Viaje apostólico a España. Madrid, 3 de noviembre de 1982. Celebración de la palabra con los jóvenes. Homilía de Juan Pablo II. Puntos 2 y 3. Texto completo en w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1982/documents/hf_jp-ii_hom_19821103_giovani-madrid.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario