Superar el mal con el
bien
Cuando ocurren atentados
como los de hoy en Bruselas me pregunto acerca de la fascinación por la violencia que invade
la mente de tantos jóvenes. Es
un fenómeno que con diversas
connotaciones ha estado habitualmente presente en la sociedad. Para combatirlo
no basta con una actuación reactiva hacia aquellos grupos en los que se
concentra, ni fijar la atención en los motivos aparentes: políticos, económicos, religiosos, étnicos… Hay quien se afana en
lanzar la semilla de la discordia pensando que va a sacar provecho de la
situación que se genere: “a río revuelto ganancia de pescadores”, pero para que germine
hace falta que se encuentre con un campo roturado preparado para acogerla.
Revertir el atractivo
por la violencia es una tarea que atañe a toda la sociedad, no sólo a los gobernantes. Las fuerzas de
seguridad pueden ejercer un efecto disuasorio y ayudar a prevenir o repeler algunas
acciones, pero donde anida un comportamiento violento se busca cualquier
resquicio para ejercerlo, mientras no encuentre una vacuna social eficaz que le
permita modificar sus planteamientos vitales.
Una actitud proactiva
para orientar el ímpetu
propio de la juventud hacia actividades que redunden en provecho de la sociedad
es el reto que compete a todos, incluidos los propios jóvenes, desde el lugar y la
responsabilidad que cada uno ocupe.
En esta tesitura hace algo
más de 33 años Juan Pablo II * se
dirigía a la juventud española basándose en el mensaje de las
bienaventuranzas que supone una respuesta ante la experiencia del mal que nos
acecha:
“En la base de (las bienaventuranzas)
se halla una pregunta que vosotros os ponéis con inquietud: ¿por qué existe el mal en el mundo?
Las palabras de Cristo
hablan de persecución, de
llanto, de falta de paz y de injusticia, de mentira y de insultos. E
indirectamente hablan del sufrimiento del hombre en su vida temporal.
Pero no se detienen ahí. Indican también un programa para
superar el mal con el bien.
Efectivamente, los que
lloran, serán
consolados; los que; sienten la ausencia de la justicia y tienen hambre y sed
de ella, serán
saciados; los operadores de paz, serán llamados hijos de Dios; los misericordiosos,
alcanzarán
misericordia; los perseguidos por causa de la justicia, poseerán el reino de los
cielos.
¿Es ésta; solamente una promesa de
futuro? Las certezas admirables que Jesús da a sus discípulos ¿se refieren sólo a la vida eterna, a un reino de
los cielos situado más allá de la muerte?
Sabemos bien, queridos jóvenes, que ese “reino de los cielos” es el “reino de Dios”, y que “está cerca”. Porque ha sido inaugurado con la
muerte y resurrección de
Cristo. Sí, está cerca, porque en buena
parte depende de nosotros, cristianos y “discípulos” de Jesús.
Somos nosotros,
bautizados y confirmados en Cristo, los llamados a acercar ese reino, a hacerlo
visible y actual en este mundo, como preparación a su establecimiento definitivo.
Y esto se logra con
nuestro empeño
personal, con nuestro esfuerzo y conducta concorde con los preceptos del Señor, con nuestra
fidelidad a su persona, con nuestra imitación de su ejemplo, con nuestra
dignidad moral.
Así, el cristiano vence el mal; y
vosotros, jóvenes
españoles, vencéis el mal con el bien
cada vez que, por amor y a ejemplo de Cristo, os libráis de la esclavitud de quienes miran
a tener más y no a
ser más.
Cuando sabéis ser dignamente
sencillos en un mundo que paga cualquier precio al poder; cuando sois limpios
de corazón entre
quien juzga sólo en términos de sexo, de
apariencia o hipocresía; cuando
construís la paz, en un mundo de
violencia y de guerra; cuando lucháis por la justicia ante la explotación del hombre por el
hombre o de una nación por la
otra; cuando con la misericordia generosa no buscáis la venganza, sino que llegáis a amar al enemigo;
cuando en medio del dolor y las dificultades, no perdéis la esperanza y la constancia en
el bien, apoyados en el consuelo y ejemplo de Cristo y en el amor al hombre
hermano. Entonces os convertís en transformadores eficaces y radicales del mundo
y en constructores de la nueva civilización del amor, de la verdad, de la justicia, que
Cristo trae como mensaje.
De esta forma, el hombre
—y sobre todo el joven— que se acerca a la
lectura de la palabra de Cristo con la pregunta de “por qué existe el mal en el mundo”, cuando acepta la
verdad de las bienaventuranzas, termina poniéndose otra pregunta: ¿qué hacer para vencer el mal con el
bien?
Más aún: acaba ya con una respuesta a esa
pregunta, que es fundamental en la existencia humana.
Y bien podemos decir que
quien halla esta respuesta y sabe orientar coherentemente su conducta ha
logrado hacer penetrar el Evangelio en su vida. Entonces es verdaderamente cristiano.
Con los criterios sólidos que saca de su
convicción
cristiana, el joven sabe reaccionar debidamente ante un mundo de apariencias,
de injusticia y materialismo que le rodea.
Ante la manipulación de la que puede
sentirse objeto mediante la droga, el sexo exasperado, la violencia, el joven
cristiano no buscará métodos de acción que le lleven a la
espiral del terrorismo; éste le hundiría en el mismo o mayor mal que critica y depreca. No
caerá en la inseguridad y la desmoralización, ni se refugiará en vacíos paraísos de evasión o de indiferentismo.
Ni la droga, ni el alcohol, ni el sexo, ni un resignado pasivismo acrítico —eso que vosotros llamáis “pasotismo”— son una respuesta frente al mal. La
respuesta vuestra ha de venir desde una postura sanamente crítica; desde la lucha
contra una masificación en el
pensar y en el vivir que a veces se os trata de imponer; que se ofrece en
tantas lecturas y medios de comunicación social.
¡Jóvenes! ¡Amigos! Habéis de ser vosotros mismos, sin
dejaros manipular; teniendo criterios sólidos de conducta. En una palabra: con modelos de
vida en los que se pueda confiar, en los que podáis reflejar toda vuestra generosa
capacidad creativa, toda vuestra sed de sinceridad y mejora social, sed de
valores permanentes dignos de elecciones sabias. Es el programa de lucha, para
superar con el bien el mal. El programa de las bienaventuranzas que Cristo os
propone.
*Viaje apostólico a España. Madrid, 3 de noviembre
de 1982. Celebración de la palabra con los jóvenes. Homilía de Juan Pablo II. Puntos 2 y 3.
Texto completo en w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1982/documents/hf_jp-ii_hom_19821103_giovani-madrid.html
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