jueves, 1 de septiembre de 2016

Probar para discernir

Cada caminante siga su camino

Hace tiempo que tenía curiosidad por ver la película Balarrasa, dirigida por José Antonio Nieves Conde y estrenada en 1951, cuyo papel principal corresponde a Fernando Fernán Gómez. Un interés que procedía de referencias que había leído y de unos comentarios sobre los sacerdotes que Fernán Gómez hace en la película-entrevista titulada La silla de Fernando que me sorprendieron, porque reflejaban un profundo desconocimiento de la tarea sacerdotal, aun teniendo en cuenta su tono irónico.

El protagonista de Balarrasa decide entrar en el seminario diocesano tras un suceso traumático, abandonando la carrera militar en la Legión. Un cambio de vida que sorprende a su familia y a todos los que le habían tratado hasta entonces. Se prepara intensamente, pero antes de decidir su ordenación una vez acabados sus estudios, el rector del seminario hace hincapié en su voluntario aislamiento del antiguo entorno durante su permanencia en la institución, una anomalía que debe resolver antes de ser sacerdote. Pasar esta prueba le ayudará a consolidar su vocación.

Una situación parecida se plantea en Sonrisas y lágrimas. María, la principal protagonista, reside como novicia en una abadía. Para probar su vocación, la abadesa la envía a ejercer de institutriz de los hijos del capitán von Trapp. Plenamente integrada en el nuevo ambiente, abandona precipitadamente la casa tras una conversación con la prometida del capitán. La abadesa se interesa por los motivos de su regreso y María le dice que buscaba aquietar su estado de confusión sentimental y le expone los motivos de su turbación. A pesar de ello le comenta que se encuentra preparada para hacer los votos religiosos. La abadesa le aclara: “Estas paredes no se levantaron para eludir problemas, tienes que afrontarlos, tienes que vivir la vida para la cual naciste.” María regresará con la familia von Trapp y acabará casándose con el capitán.

La vocación religiosa no es, en último término, consecuencia del deseo de estar cerca de Dios, ni de la admiración por una persona consagrada o por las obras que realiza una determinada comunidad, ni mucho menos un refugio para resolver un conflicto personal, sino la respuesta a una llamada personal de Dios. Una vocación que tanto el candidato y como los responsables de la institución que lo ha de acoger deben discernir y que se irá consolidando con la perseverancia –fidelidad a la llamada y no simple permanencia-. Como dice el refrán: “el hombre propone y Dios dispone”.

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