Cada caminante siga su
camino
Hace tiempo que tenía
curiosidad por ver la película Balarrasa,
dirigida por José Antonio Nieves Conde y estrenada en 1951, cuyo papel principal
corresponde a Fernando Fernán Gómez. Un interés que procedía de referencias que
había leído y de unos comentarios sobre los sacerdotes que Fernán Gómez hace en
la película-entrevista titulada La silla
de Fernando que me sorprendieron, porque reflejaban un profundo desconocimiento
de la tarea sacerdotal, aun teniendo en cuenta su tono irónico.
El protagonista de Balarrasa decide entrar en el seminario
diocesano tras un suceso traumático, abandonando la carrera militar en la
Legión. Un cambio de vida que sorprende a su familia y a todos los que le
habían tratado hasta entonces. Se prepara intensamente, pero antes de decidir su ordenación una vez acabados sus estudios, el rector del seminario hace hincapié en su voluntario aislamiento del antiguo entorno
durante su permanencia en la institución, una anomalía que debe resolver antes
de ser sacerdote. Pasar esta prueba le ayudará a consolidar su vocación.
Una situación parecida se
plantea en Sonrisas y lágrimas. María,
la principal protagonista, reside como novicia en una abadía. Para probar su
vocación, la abadesa la envía a ejercer de institutriz de los hijos del capitán
von Trapp. Plenamente integrada en el nuevo ambiente, abandona precipitadamente
la casa tras una conversación con la prometida del capitán. La abadesa se interesa
por los motivos de su regreso y María le dice que buscaba aquietar su estado de
confusión sentimental y le expone los motivos de su turbación. A pesar de ello
le comenta que se encuentra preparada para hacer los votos religiosos. La
abadesa le aclara: “Estas paredes no se levantaron para eludir problemas,
tienes que afrontarlos, tienes que vivir la vida para la cual naciste.” María
regresará con la familia von Trapp y acabará casándose con el capitán.
La vocación religiosa no es, en
último término, consecuencia del deseo de estar cerca de Dios, ni de la admiración
por una persona consagrada o por las obras que realiza una determinada
comunidad, ni mucho menos un refugio para resolver un conflicto personal, sino
la respuesta a una llamada personal de Dios. Una vocación que tanto el
candidato y como los responsables de la institución que lo ha de acoger deben discernir y que se irá consolidando con la
perseverancia –fidelidad a la llamada y no simple permanencia-.
Como dice el refrán: “el hombre propone y Dios dispone”.
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