jueves, 16 de febrero de 2017

Alimento de la ciencia

Educación y curiosidad

Manuel Toharia
¿Por qué le interesa a un niño pequeño saber por qué el cielo es azul?” fue la respuesta que recibió Manuel Toharia de Moncho Núñez cuando le preguntó por qué le interesaba saber la población de vacas. Esta respuesta de un gallego, haciendo honor al tópico, condujo a Toharia a concluir que “el niño pequeño pregunta eso porque quiere saber más de todo, le sirva o no le sirva para algo”.

Pepa Fernández
Lo comentaba en la sección Cienciaria del programa radiofónico No es un día cualquiera que conduce Pepa Fernández (1), para recalcar la importancia de la curiosidad para la ciencia: “la curiosidad innata del ser humano… es la capacidad número uno de un científico, antes que estudiar muchas matemáticas…, un científico tiene que ser curioso, esencialmente curioso, y la curiosidad es la que nos lleva a preguntarnos estas tonterías de cuántas vacas, cuántos cerdos… porque esa curiosidad es la que ejerces después en tu oficio de científico y reivindico aquí… la enorme necesidad de despertar en nuestros jóvenes la curiosidad, esa es la madre de la ciencia”. Pepa Fernández hizo una breve aportación: “Al final es el ser humano, las personas las que deben ser curiosas en general, porque la curiosidad es el motor de la vida...” Comentario que fue interrumpido por Toharia para apostillar: “Somos curiosos y nos lo mata la educación… la educación mata muchas veces la curiosidad porque es muy reglada, muy cerrada, muy absolutista, es esto y no otra cosa.
Ramón (Moncho) Núñez Centella

Los descubrimientos, los avances científicos  son el fruto de una retahíla de porqués. Interrogaciones que los niños formulan de forma natural y espontánea sin atender al momento, lugar y forma… si tienen al lado quien les escuche. Sabemos que no siempre es fácil seguir la dinámica cuestionadora de los menores; a pesar de las buenas disposiciones hay momentos que cansa, sobre todo cuando el sinfín de preguntas encadenadas no da visos de agotarse.

La falta de interlocutor con quien compartir aquello que llama la atención es uno de los condicionantes que impiden desarrollar esta curiosidad innata, sana e inocente, que no puede resolver la tecnología, por muy perfeccionada que esté, porque sus respuestas siempre serán pautadas. Pero, Toharia ponía el acento en una educación muy estructurada como responsable de la destrucción de la curiosidad. Sería más bien el fruto de una actividad docente concebida como adiestramiento, lo que Carl Jung sintetiza en la frase: «Todos nacemos originales y morimos copias». Con este planteamiento, la potencialidad creativa de cada niño queda marginada, porque de lo que se trata es modelar seres humanos de acuerdo con unos estándares establecidos.

En el extremo opuesto se encontraría la sobreestimulación que, tomando como referencia la plasticidad del cerebro humano, pretende acelerar los ritmos de desarrollo intelectual y ampliar la capacidad de acumular conocimientos. Se trata de forzar el sistema neurológico con muchos estímulos para mejorar el rendimiento. Esto provoca la saturación de las primeras fuentes de aprendizaje, los sentidos, y deja al menor sin margen para la iniciativa.

Santiago Álvarez de Mon
En ambos casos, el educando deja de ser el protagonista para convertirse en un producto social generado por una educación que sólo se proyecta desde el exterior del ser humano. Un camino que lleva al activismo o a la apatía, pero que no sirve para cubrir esa necesidad de “despertar la curiosidad” que reivindica Toharia. Por el contrario, Catherine L’Ecuyer “reivindica que la educación es un viaje desde el interior de la persona hacia el exterior de su entorno, aventura maravillosa en la que los docentes tienen el rol de meros facilitadores.”, según expresa Santiago Álvarez de Mon en el prólogo de Educar en el asombro. (2)

Catherine L'Ecuyer
L’Ecuyer dice en la introducción: “Si nos fijamos bien, constatamos que los niños pequeños tienen un sentido del asombro realmente admirable y sorprendente ante las cosas pequeñas, los detalles que forman parte de lo cotidiano… Este sentido del asombro del niño es lo que le lleva a descubrir el mundo. Es la motivación interna del niño, su estimulación temprana natural. Las cosas pequeñas mueven al niño a aprender, a satisfacer su curiosidad, a ser autónomo para entender los mecanismos naturales de los objetos que le rodean, a través de su experiencia con lo cotidiano, motu proprio. Tan solo tenemos que acompañar al niño proporcionándole un entorno favorable para el descubrimiento.

Cuando presentamos al niño pequeño estímulos externos de manera que estos suplantan su asombro, anulamos su capacidad de motivarse por sí mismo. Sustituir lo que mueve a la persona es anular su voluntad. Al final, el niño se apalanca y no es capaz de ilusionarse ni asombrarse por nada. Tiene el deseo bloqueado.

Cada ser humano es depositario desde su nacimiento de un gran potencial, que tanto él como su entorno pueden ayudar a desarrollar si encuentran espacio para ello. La educación no puede convertirse en un corsé que limita el movimiento o unas orejeras que orienten en una determinada dirección; sino que ha de ser el vehículo que permita aprender a encauzar las inquietudes y abra nuevos horizontes.

(1) http://www.rtve.es/alacarta/audios/no-es-un-dia-cualquiera/neudc-120217-hora-2-2017-02-12t10-05-496201339/3911632/ (el fragmento recogido transcurre entre los minutos 16:00 y 18:20. La sección comienza en el minuto 4:55)

(2) Libro leído: Catherine L’Ecuyer: Educar en el asombro (2012) – Plataforma editorial – Colección: Plataforma actual – 14ª edición (2015) – 184 páginas

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