Educación y curiosidad
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| Manuel Toharia |
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| Pepa Fernández |
Los descubrimientos,
los avances científicos son el fruto de
una retahíla de porqués.
Interrogaciones que los niños formulan de forma natural y espontánea sin
atender al momento, lugar y forma… si tienen al lado quien les escuche. Sabemos
que no siempre es fácil seguir la dinámica cuestionadora de los menores; a
pesar de las buenas disposiciones hay momentos que cansa, sobre todo cuando el
sinfín de preguntas encadenadas no da visos de agotarse.
La falta de
interlocutor con quien compartir aquello que llama la atención es uno de los
condicionantes que impiden desarrollar esta curiosidad innata, sana e inocente,
que no puede resolver la tecnología, por muy perfeccionada que esté, porque sus
respuestas siempre serán pautadas. Pero, Toharia ponía el acento en una educación
muy estructurada como responsable de la destrucción de la curiosidad. Sería más
bien el fruto de una actividad docente concebida como adiestramiento, lo que Carl
Jung sintetiza en la frase: «Todos nacemos originales y morimos copias». Con
este planteamiento, la potencialidad creativa de cada niño queda marginada,
porque de lo que se trata es modelar seres humanos de acuerdo con unos
estándares establecidos.
En el extremo opuesto
se encontraría la sobreestimulación que, tomando como referencia la plasticidad
del cerebro humano, pretende acelerar los ritmos de desarrollo intelectual y
ampliar la capacidad de acumular conocimientos. Se trata de forzar el sistema
neurológico con muchos estímulos para mejorar el rendimiento. Esto provoca la
saturación de las primeras fuentes de aprendizaje, los sentidos, y deja al
menor sin margen para la iniciativa.![]() |
| Santiago Álvarez de Mon |
En ambos casos, el educando deja de ser el protagonista para convertirse en un producto social
generado por una educación que sólo se proyecta desde el exterior del ser humano.
Un camino que lleva al activismo o a la apatía, pero que no sirve para cubrir
esa necesidad de “despertar la curiosidad” que reivindica Toharia. Por el
contrario, Catherine L’Ecuyer “reivindica que la educación es un viaje desde el
interior de la persona hacia el exterior de su entorno, aventura maravillosa en
la que los docentes tienen el rol de meros facilitadores.”, según expresa Santiago
Álvarez de Mon en el prólogo de Educar en
el asombro. (2)
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| Catherine L'Ecuyer |
Cuando presentamos al
niño pequeño estímulos externos de manera que estos suplantan su asombro,
anulamos su capacidad de motivarse por sí mismo. Sustituir lo que mueve a la
persona es anular su voluntad. Al final, el niño se apalanca y no es capaz de
ilusionarse ni asombrarse por nada. Tiene el deseo bloqueado.”
Cada ser humano es
depositario desde su nacimiento de un gran potencial, que tanto él como su
entorno pueden ayudar a desarrollar si encuentran espacio para ello. La
educación no puede convertirse en un corsé que limita el movimiento o unas
orejeras que orienten en una determinada dirección; sino que ha de ser el
vehículo que permita aprender a encauzar las inquietudes y abra nuevos
horizontes.
(1) http://www.rtve.es/alacarta/audios/no-es-un-dia-cualquiera/neudc-120217-hora-2-2017-02-12t10-05-496201339/3911632/ (el fragmento recogido transcurre entre los minutos 16:00 y 18:20. La sección comienza en el minuto 4:55)
(2) Libro leído: Catherine
L’Ecuyer: Educar en el asombro (2012)
– Plataforma editorial – Colección: Plataforma actual – 14ª edición (2015) –
184 páginas





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