La profesión es sólo una parte de la vida
Junto a la tumba de su amigo Willy, Charlie se dirige al hijo de éste,
Biff, y le dice: “Nadie culpa a este hombre. No lo entiendes! Willy era un
viajante y la vida del viajante nunca tiene un fondo seguro: no enrosca
tornillos, no redacta leyes, ni receta medicamentos. Es un hombre solo en medio
de la nada que depende de una sonrisa y de unos zapatos bien lustrados, y
cuando empiezan a no devolverle la sonrisa... el mundo empieza a desmoronarse.
Y entonces, te manchas el sombrero, y ya estás acabado. Nadie culpa a este
hombre. Un viajante debe soñar, chico. Viene incluido con el sector que te
toca. Nadie culpa a este hombre”. Una frase sentenciosa tras el triste final de
una vida.
En el Willy que nos presenta Arthur Miller en Muerte de un viajante (1) confluyen dos circunstancias que condicionan
gravemente su vida profesional y familiar: delirios de grandeza e inadaptación
al cambio. Lleva un montón de años trabajando para la misma empresa recorriendo
miles de kilómetros y abriendo nuevos mercados. Con el paso del tiempo la
respuesta que encuentra a su fidelidad es trabajar a comisión -cobras si vendes
y por lo que vendes-. Su trayectoria no se tiene en consideración y no se le
ofrece ninguna alternativa cuando pide un cambio de destino que le evite los
largos desplazamientos tras haber sufrido varios accidentes. Y cuando apela a
su vinculación con la empresa y a los sentimientos del dirigente -te vi nacer,
te puse el nombre- se le replica que ‘el negocio es el negocio’. Y ante su desesperada
insistencia es premiado con el despido.![]() |
| Volker Schlöndorff |
Pero Willy no sólo se enfrenta a un empresario ensimismado e insensible,
sino que además es víctima también de su propio orgullo y obstinación. Ha
soñado siempre con ser un triunfador, una obsesión que ha querido inculcar a
sus hijos, y ese anhelo le ha incapacitado para reconocer sus errores y
limitaciones, percibir los cambios, escuchar los consejos de los que le querían
y aceptar la ayuda que le hacía su mejor amigo para continuar trabajando y no
tener que depender de préstamos. La tensión profesional le ha desarbolado y
vive en una nube atrapado en unas ensoñaciones que le alejan de la realidad.
La historia que nos plantea Miller es muy dura y la película me ha dado
una sensación algo claustrofóbica. La tensión dramática es intensa al ver a un
ser humano sufriente incapaz de reaccionar, de salir del caparazón mental en el
que se ha refugiado. Es un caso extremo pero no extraño en el mundo laboral. He
sido testigo de un episodio cercano en un comercial que se encontró de la noche a
la mañana sin el prestigio que había atesorado por los buenos resultados conseguidos
durante más de un lustro. ¿El motivo? La llegada de un nuevo director general
que le fue relegando y minusvalorando profesionalmente, sumiéndole en una
depresión que acabó con el abandono de la compañía, pues estaba gravemente en
riesgo su salud. Tardó en recuperarse, pero pudo sobreponerse gracias sobre
todo a su esposa y a la doctora que le atendió; lo que le permitió meses más
tarde volver a la misma actividad profesional en otra empresa.
Hay estrategias empresariales con resultados trágicos como ocurrió en
France Telecom entre 2007 y 2010 (2), algo que debería hacer reflexionar a muchos
dirigentes empresariales acostumbrados a tomar decisiones sin prestar apenas
atención a la repercusión que tienen sus políticas en los empleados. Para ellos
sólo son un recurso más. Sin embargo, no por ello se ha de apelar a un
paternalismo que además de ineficiente suele ser pernicioso a largo plazo. Y
eso lo tiene que tener claro cada trabajador cuando se incorpora a un empleo. Los
excesos de confianza que llevan al apoltronamiento tarde o temprano se pagan y
lo que parecía seguro se vuelve de repente inestable y si a uno le pilla
dormido le puede costar mucho recuperar el equilibrio.
En Willy se unen el hambre con las ganas de comer. Insensibilidad y
obcecación. Spencer Johnson llama la atención en ¿Quién se ha llevado mi queso?
–un breve y sugerente texto- para no quedarse quietos cuando las circunstancias
que daban seguridad y bienestar cambian. Como dice Ward: ‘el pesimista se
queja del viento’; ‘el optimista espera que cambie’; ‘el realista ajusta las velas’.
(1) Película : Death of a Salesman.
Estrenada en 1985. Dirigida por Volker
Schlöndorff. Guión: Arthur Miller. Duración 135 minutos.
Libro leído: Artur Miller: La
mort d’un viatjant. Death of a Salesman (1949). Edicions 62 / la Caixa. Col·lecció Les
millors obres de la literatura universal del segle XX nº 26. 1ª edició 1988.
Traducció Mireia Llinàs i Grau. 363 pàgines (l’obra ocupa les planes 207 a 362)

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