Frente a la grandeza impostada
‘Nadie es perfecto’, con esta expresión concluye la exitosa película: Con faldas y a lo loco. Mal que nos pese cuando tenemos un alto concepto de nosotros mismos, podemos aceptar que eso es así, que no somos una excepción; pero, eso sí, hay que camuflarlo tanto como sea posible. Observamos a muchos personajes públicos refractarios a reconocer errores o fechorías, aunque sean flagrantes -¡qué van a pensar de nosotros!-: se niega, se obvia, se acusa o se busca un subterfugio. También nos puede pasar lo mismo a cada uno de nosotros si cedemos a la tentación de distorsionar nuestra biografía, nuestro currículo o nuestra fotografía para causar buena impresión o conseguir algún objetivo.Este modo de proceder tiene un efecto tóxico en nuestro
interior, como el agua que permanece estancada; es un duelo que no se ha
superado, que suele manifestarse en reacciones destempladas, agresivas, en
determinadas circunstancias, aquellas en las que hay heridas no cicatrizadas. Y
este duelo también se proyecta.
Aludiendo al rey David y glosando uno de sus salmos escribe
san Agustín (1): «No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos
rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el
reconocimiento de nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que
dejan de atender a sus propios pecados para fijarse en los de los demás. No
buscan lo que hay que corregir, sino en qué pueden morder. Y, al no poderse
excusar a sí mismos, están siempre dispuestos a acusar a los demás.»Una vez mostrada, la herida está en disposición para ser
curada: «No es así cómo nos enseña el salmo a orar y dar a Dios satisfacción,
ya que dice: Pues yo reconozco mi culpa, tengo presente mi pecado. El que así
ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de
manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se
perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón.»
De esta actitud se puede extraer un corolario que también nos aporta san Agustín: «Queda un remedio para no pensar mal de tu hermano. Sé con humildad lo que quieres que él sea, y así no sospecharás que él es lo que tú no eres» (2) Lo que vemos mal en los demás puede ser una pista para darnos cuenta en qué podemos mejorar.
(1) San Agustín: Sermón 19 (comentario de los salmos 50 y
72), punto 2. Extraído de https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/index2.htm





No hay comentarios:
Publicar un comentario