Cuidar de personas
Sexto fragmento del artículo de Alejandro Llano titulado El voluntariado cultural y social, publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 571-572, enero-febrero de 2002.
«...la vida propiamente humana –trátese de una anciana con salud de hierro, de un joven tetrapléjico o un adulto con marcapasos incorporado- está rodeada de rostros conocidos y voces cercanas, que tratan diferenciadamente a esas personas, sea cual fuere su productividad social o su aportación al pequeño mundo en el que conviven... Porque, en rigor, la aportación de cualquiera de ellos es insustituible, pues, en algún sentido, toda persona es la mejor de todas y no puede ser sustituida por ninguna otra...»
continuación
«Hemos de reconocer, siguiendo a Sergio Belardinelli (1), que los actuales sistemas de protección social tienden realmente a funcionar como si los hombres y las mujeres no existieran: se atienen a parámetros específicos (el dinero, el poder, la audiencia) que no atienden apenas a aquello que es propiamente humano. Frente a tal sesgo, es preciso humanizar el bienestar, acercar sus prestaciones a las personas, para que a través del bienestar logren realmente estar bien.
Y es aquí, en este aspecto complementario y cualitativo, donde el voluntariado ha de desempeñar un decisivo papel. Porque a estas alturas sabemos bien que ni el Estado ni el mercado están interesados directamente en las personas como tales, que difícilmente pasan de significar un número en sus estadísticas y planes estratégicos. La atención diferenciada a cada mujer, a cada hombre, sólo puede provenir de esa actitud antropológica y ética tan profunda que es el cuidado. Y parece evidente que sólo una persona puede cuidar a otra. Con lo cual resulta claro que el valor añadido del voluntariado no es sólo el de completar la red asistencial y educativa, para hacerla más capilar y diferenciada. Lo más específico del voluntariado es que facilita la realización de aportaciones personales, es decir, de comparecencias de seres humanos en toda su peculiaridad y riqueza interna, para acercarse a otros seres humanos no menos característicos y llenos de matices, a los que prestan una ayuda que ninguna máquina ni sistema comercial o burocrático sería capaz de conferir.
Aquí reside precisamente la retroalimentación, el feed-back, que el cooperante voluntario recibe al otorgar su ayuda benévola: que actualiza la ilimitada capacidad de donación que es propia de cada persona y sin cuyo ejercicio la vida puede llegar a tornársenos odiosa
Como dice Antonio Machado (2),
Moneda que está en la mano
quizá la puedas guardar.
La monedita del alma
se pierde si no se da.
Y es que el amor, que constituye el fin de la vida humana, no se agota en el deseo y en la posesión, sino que culmina en la efusividad, en la donación y en la entrega. El amor arrastra a las demás virtudes, que suponen un incremento en la cabal autoposesión de la persona humana, un avance hacia nosotros mismos.
Por eso no ha de extrañar que el voluntariado cultural y social se proponga como el objetivo de un nuevo “humanismo cívico”. La posibilidad de ayudar a los demás es una oportunidad que no debemos dejar ordinariamente pasar de largo, porque en ella tenemos mucho que ganar, ya que al ejercitarla aumenta nuestra estatura humana y perfeccionamos nuestras capacidades operativas. Cuando los Padres Fundadores norteamericanos afirman en sus documentos inaugurales que el fin del hombre es la búsqueda de la felicidad, no están pensando en el confort ni en la vida fácil. Se refieren a la posibilidad que todos los ciudadanos han de tener de participar en empeños de interés común que les perfeccionan al perfeccionar a los demás (3).
Por el contrario, en otros países como el nuestro, comparece ante este tipo de tareas la actitud de sospecha a la que antes me refería. ¿Qué habrá detrás de todo esto? ¿Qué es lo que estarán buscando? ¿Qué se esconde detrás de esta supuesta benevolencia?, se pregunta quien parte de que tal actitud benévola, de ayuda pura y simple a los demás no puede ser real.
De ahí la constitutiva incapacidad de algunos para comprender la necesidad de ayudar con fondos públicos tareas de la iniciativa privada que tienen un fin social. En el campo de la enseñanza, por ejemplo, todavía hay quien mantiene el anticuado lema “el dinero público, para la escuela pública”. Y yo suelo contestar irónicamente: “El dinero privado, para la escuela privada”. De manera que se haga un reparto que consista en que a la escuela estatal vayan a parar los beneficios de las empresas públicas. Mientras que lo recabado en los impuestos, procedente en su mayoría de la actividad privada, beneficie a las instituciones que proceden de la iniciativa social.»
(1) Sergio Belardinelli, catedrático de Filosofía Política de la Universidad de Bolonia. Fragmento de la ponencia titulada El contexto socio-económico y doctrinal en la época de la «Rerum Novarum» extraído de https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/6391/1/SERGIO%20BELARDINELLI.pdf
(2) De los “Consejos” de Antonio Machado
(3) «En la Declaración de Independencia, Thomas Jefferson consagró la “búsqueda de la felicidad” como un derecho básico, escribiendo: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”» Extraído de https://rdi.org/definiendo-la-democracia-la-busqueda-de-la-felicidad/






No hay comentarios:
Publicar un comentario