Brote benevolente
Quinto fragmento del artículo de Alejandro Llano titulado El voluntariado cultural y social, publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 571-572, enero-febrero de 2002.
«Hoy día el voluntariado es un fenómeno emergente que compone, junto con otras iniciativas cívicas semejantes, el llamado “tercer sector” o sector non profit, que ocupa –normalmente en régimen de dedicación parcial- a decenas de miles de personas...»
continuación
«¿Por qué se produce en apenas dos lustros esta explosión que algunos vislumbramos ya hace quince años? Por múltiples motivos, algunos de los cuales ya se han avanzado. Pero hay uno que a mi juicio constituye el factor clave. Consiste en la necesidad de poner en circulación –además del dinero, el poder y la influencia- un cuarto medio de intercambio simbólico en el que no rija el modelo del do ut des*, de los intercambios caracterizados por la reciprocidad, sino que se caracterice porque las donaciones de tiempo, de dinero, de dedicación, de trabajo o de afecto sustituyen a los intereses egoístas. Lo que rige en ellas es la benevolencia, el servicio, el cuidado, la autorrealización a través de la entrega personal.
Se trata de una necesidad profundamente humana que nada tiene de sentimental o emotiva. El voluntariado no es un modo de calmar la conciencia ante el espectáculo de los miserables y dedicarles un par de horas a la semana. Ciertamente, algunos pueden creer que se trata de algo semejante, y los responsables de las ONG están hartos de jóvenes incompetentes que de vez en cuando se acercan a cuidar minusválidos o quieren veranear en países exóticos mientras juegan a médicos o albañiles. Todo movimiento importante tiene su caricatura y aquí no falta. Pero la cosa es muy seria, como serio es el afán que cualquier persona honrada y generosa tiene de ayudar a saciar las hambres de pan, de abrigo o de cultura que hoy aquejan por lo menos a un tercio de la humanidad.
Hoy día tendemos a separar dos tipos de motivaciones. Por un lado se encontrarían las pretensiones de eficiencia y profesionalidad, movidas por las normas objetivas de la elección racional y del cálculo de intereses. Por otro, estarían los movimientos de simpatía y compasión, impulsados por sentimientos y emociones de carácter subjetivo. Pues bien, lo que yo quiero mantener hoy aquí es que esta tajante escisión entre la eficacia y la misericordia es uno de los rasgos más regresivos y decadentes de la sociedad actual, anclada en el modelo pragmatista y abocada a dificultar una reforma en clave humanista del llamado Estado del Bienestar, que se encuentra actualmente en una profunda crisis.
Las dificultades para superar esta especie de esquizofrenia mental y motivacional no son de tipo organizativo o funcional, como lo demuestra el propio funcionamiento –ejemplar en algunos países- de las iniciativas de voluntariado. Las dificultades para superar ese aburguesamiento que consagra el grueso de la vida al provecho material y malamente lo compensa con presuntos sentimientos compasivos, esas dificultades, digo, son de tipo cultural y ético. Y consisten en que ignoramos o no valoramos las virtudes que MacIntyre llama “virtudes de la dependencia reconocida” (1), entre las que se sitúan el servicio a los más necesitados, el cuidado de los más débiles, el respeto a la corporalidad decaída, la capacidad de sacrificio, el reconocimiento de la dignidad intocable de cada una de las personas, la misericordia, la ternura y el agradecimiento.
Vivimos todavía según el modelo de la “muchedumbre solitaria”, de miles de personas que se hacinan en las ciudades ignorándose unos a otros o limitándose –en el mejor de los casos- a las atenciones que exige una familia convertida desgraciadamente en una institución cada vez más frágil. Cuando en realidad la vida propiamente humana –trátese de una anciana con salud de hierro, de un joven tetrapléjico o un adulto con marcapasos incorporado- está rodeada de rostros conocidos y voces cercanas, que tratan diferenciadamente a esas personas, sea cual fuere su productividad social o su aportación al pequeño mundo en el que conviven. Contribución que puede consistir en cuidar a una persona durante toda una vida sin expectativa de retribución ninguna o, más difícil aún, en dejarse cuidar durante toda una existencia sin esperanza de poder corresponder en el mismo plano. Porque, en rigor, la aportación de cualquiera de ellos es insustituible, pues, en algún sentido, toda persona es la mejor de todas y no puede ser sustituida por ninguna otra. Esta es por cierto una buena definición del ser humano: aquel que en algún sentido es mejor que cualquiera de sus semejantes y que no puede ser sustituido por ninguno de ellos.»
*Doy
para que me des.
(1) Del resumen del libro de Alasdair MacIntyre: Animales Racionales Dependientes realizado por Alejandro Ochoa: “MacIntyre propone que la independencia racional requiere para su ejercicio adecuado estar acompañada por lo que denominará las virtudes de la dependencia reconocida. Identificar cómo y porqué estas virtudes son necesarias es una condición para entender su lugar esencial en el tipo de vida humana que permita el florecimiento humano.” Extraído de https://eticasocial.wordpress.com/2007/06/06/capitulo-1-vulnerabilidad-dependencia-y-animalidad-resumen/
De la tesis doctoral de Manuel García de Madariaga Cézar titulada: La educación en Alasdair MacIntyre, contextos y proyectos: “La virtud es el medio de transformación de los deseos, pero MacIntyre introduce la distinción de dos tipos de virtudes:
- virtudes de la dependencia reconocida: son virtudes que nos acercan a nuestra condición animal, pero elevadas mediante una instancia reflexiva que implica el reconocimiento de los lazos que nos unen a nuestro entorno, a otras personas y a la sociedad en su conjunto; comporta una actitud de reciprocidad ante las prestaciones que hemos recibido para ayudarnos a conseguir la independencia racional o cualquiera otros bienes humanos;
- virtudes del agente racional independiente, que no se apoya en factores externos, sino en su propia certeza de actuación racional, con lo cual no depende de la presencia inducida de esos factores externos en su acción sino que l motivación viene de sí mismo. Es lo que MacIntyre denomina actuación racional independiente.” Extraído de https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/5034/4/La educación en A. MacIntyre.pdf



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