Generosidad emprendedora
Cuarto fragmento del artículo de Alejandro Llano titulado El voluntariado cultural y social, publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 571-572, enero-febrero de 2002.
«...mi libertad se potencia con la tuya y juntas las dos podemos conseguir objetivos que nunca lograríamos aislados..»
continuación
«Las libertades personales se entrelazan, se imbrican y mutuamente se potencian. Nos movemos así, en el caso del voluntariado, dentro de esa “tierra media” –por utilizar una expresión de Tolkien- (1) en la que hemos superado el aislamiento individualista, pero aún no nos hemos despegado de esa vitalidad germinal que brota de las personas reales y concretas, no hemos soltado amarras de esa orilla fecunda para perdernos en las nieblas anónimas de las estructuras abstractas propias del Estado y del mercado. Porque, notémoslo bien, el gran vacío de la organización actual de la sociedad es que se mueve entre dos abstracciones. Por una parte, el individuo aislado que en realidad no existe, porque cualquiera de nosotros tiene una circunstancia social concreta, un entorno familiar entrañable, una cultura que le alimenta, unos ideales sociales por los que está dispuesto a luchar y a esforzarse. De otro lado, están las estructuras políticas y económicas, que presentan la frialdad de las organizaciones sin nombre y sin rostro, pero que en realidad también están formadas de personas vivas, que son las que las alientan y animan. Si acudimos a cualquier corporación que funcione con un mínimo de eficacia y de humanidad, encontraremos un equipo de personas empeñadas en sacar adelante aquel proyecto con el que se sienten personalmente comprometidas.
A quienes miran al voluntariado como una novedad sospechosa de romper el buen orden del mercado y de la Administración pública, habría que hacerles notar que, en rigor, ninguna organización funciona sin la cooperación voluntaria de –por lo menos- algunos de sus miembros. Si fuera cierto que nadie hace nada si no es por el provecho propio, en el momento en que tal teoría pasara desde la mente de los ideólogos utilitaristas a la realidad social, el mundo se detendría inmediatamente. Porque la mayor parte de las actividades que realizamos las llevamos a cabo desinteresadamente. Es más, las actividades más eficaces social y económicamente son aquellas por las que no percibimos una compensación cuantificable. Y todos tenemos la experiencia de que las cosas que no nos proporcionan poder ni dinero son precisamente las que hacemos más a gusto.
Para deshacer la tesis utilitarista, bastaría situarse en la hipótesis de una generalizada huelga de celo civil, en la que cesaran todas las prestaciones benévolas y de buena fe, en la que se detuvieran todas las iniciativas extra-políticas y extra-económicas. El colapso sería total. Señal cierta de que la marginación de la vitalidad social tiene unos límites invulnerables, que sólo se puede despreciar a los ciudadanos hasta cierto punto, incluso en el caso del más capilar tecnosistema que se nutra capilarmente de unas venas de sentido y solidaridad, las cuales por más sumergidas que estén, siguen siendo imprescindibles para cualquier régimen político-económico, aunque políticos y comerciantes lo sigan ignorando.
Cuando en 1988 escribí en España por vez primera acerca del voluntariado, las reacciones de los que me leían oscilaban entre los que compadecían mi ingenuidad y los que –en plena fiebre neoliberal- advertían que alguien osaba mantener que quizá había otro dispuesto a trabajar gratuitamente por los demás en cuestiones de tipo civil, cultural, social, sanitario, educativo o artístico. Hoy día el voluntariado es un fenómeno emergente que compone, junto con otras iniciativas cívicas semejantes, el llamado “tercer sector” o sector non profit, que ocupa –normalmente en régimen de dedicación parcial- a decenas de miles de personas y mueve al año muchos miles de millones de pesetas *, de manera que paradójicamente constituye un aspecto clave de la economía nacional.»
continuará
*Cuando se escribió el artículo el euro todavía no había sustituido a la peseta como moneda de curso legal en España.
(1) La Tierra Media es un continente ficticio en el que transcurren la mayor parte de las historias que el autor británico J. R. R. Tolkien escribió para su Legendarium… El nombre Tierra Media es una traducción literal del término anglosajón middangeard (midgard), refiriéndose a este mundo, las tierras habitables del hombre… El escenario de la Tierra Media ocurre en un periodo ficticio en el pasado de la Tierra… El término «Tierra Media» (en inglés Middle-earth) no fue inventado por Tolkien, ya que existía en inglés antiguo como middanġeard, y como midden-erd o middel-erd en inglés medio; en nórdico antiguo era llamado Midgard. Es la denominación inglesa para lo que los griegos denominaban οικουμένη (oikoumenē), o «el lugar que habita el Hombre», el mundo físico contrapuesto al mundo no visto (Las cartas de J. R. R. Tolkien, 151). Extraído de https://es.wikipedia.org/wiki/Tierra_Media



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