Continuación de la
entrada anterior
-Pasando
por alto que usted ha cambiado ya completamente el estado de la cuestión,
abandonando o restringiendo mucho la igualdad de la naturaleza, también hay sus
inconvenientes en esa igualdad de derechos. ¿Le parece a usted si el niño de
pocos años tendrá derecho para reñir y castigar a su padre?
-Usted
finge absurdos...
-No
señor, que esto y nada menos que esto exige la igualdad de derechos; si no es
así deberá usted decirnos de qué derechos habla, de cuáles debe entenderse la
igualdad y de cuáles no.
-Bien
claro es que ahora tratamos de la igualdad social.
-No
trataba usted de ella únicamente; bien reciente es el discurso en que hablaba
usted en general y de la manera más absoluta, solo que arrojado de una
trinchera se refugia usted en la otra. Pero vamos a la igualdad social. Esto
significará que en la sociedad todos hemos de ser iguales. Ahora pregunto, ¿en
qué? ¿en autoridad? Entonces no habrá gobierno posible. ¿En bienes?
Enhorabuena; dejemos a un lado la justicia, y hagamos el repartimiento: al cabo
de una hora, de dos jugadores el uno habrá aligerado el bolsillo del otro, y
estarán ya desiguales; pasados algunos días, el industrioso habrá aumentado su capital,
el desidioso habrá consumido una porción de lo que recibió; y caeremos en la
desigualdad. Vuélvase mil veces al repartimiento, y mil veces se desigualarán
las fortunas. ¿En consideración? pero ¿apreciará usted tanto al hombre honrado
como al tunante? ¿se depositará igual confianza en éste que en aquél? ¿Se
encargarán los mismos negocios a Metternich que al más rudo patán? y aun cuando
se quisiese, ¿podrían todos hacerla todo?
-Esto
es imposible; pero lo que no es imposible es la igualdad ante la ley.*
Continúa
en la siguiente entrada

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