Continuación de la
entrada anterior
-Nueva
retirada, nueva trinchera; vamos allá. La ley dice: el que contravenga sufrirá
la multa de mil reales, y en caso de insolvencia diez días de cárcel. El rico
paga los mil reales, y se ríe de su fechoría; el pobre que no tiene un
maravedí, expía su falta de rejas adentro. ¿Dónde está la igualdad ante la ley?
-Pues
yo quitaría esas cosas; y establecería las penas de suerte que no resultase
nunca esta desigualdad.
-Pero
entonces desaparecerían las multas, arbitrio no despreciable para huecos del
presupuesto y alivio de gobernantes. Además, voy a demostrarle a usted que no
es posible en ninguna suposición esta pretendida igualdad. Demos que para una
transgresión está señalada la pena de diez mil reales; dos hombres han
incurrido en ella, y ambos tienen de qué pagar; pero el uno es opulento
banquero, el otro un modesto artesano. El banquero se burla de los diez mil
reales, el artesano queda arruinado. ¿Es igual la pena?
-No
por cierto; más ¿cómo quiere usted remediarlo?
-De
ninguna manera; y esto es lo que quiero persuadirle a usted de que la igualdad
es cosa irremediable. Demos que la pena sea corporal, encontraremos la misma
desigualdad. El presidio, la exposición a la vergüenza pública, son penas que
el hombre falto de educación y del sentimiento de dignidad, sufre con harta
indiferencia; sin embargo, un criminal que perteneciese a cierta categoría
preferiría mil veces la muerte. La pena debe ser apreciada, no por lo que es es
si, sino por el daño que causa al paciente y la impresión con que le afecta
pues de otro modo desaparecerían los dos fines del castigo: la expiación y el
escarmiento. Luego, una misma pena aplicada a criminales de clases diferentes,
no tiene la igualdad sino en el nombre, entrañando una desigualdad monstruosa.
Confesaré con usted que en estos inconvenientes hay mucho de irremediable; pero
reconozcamos estas tristes necesidades, y dejémonos de ponderar una igualdad
imposible.
La
definición de una palabra, y el discernir las diferentes aplicaciones que de
ella podrían hacerse, nos ha atraído la ventaja de reducir a la nada un
especioso sofisma, y de demostrar hasta la última evidencia que el pomposo
orador o propalaba absurdos, o no nos decía nada que no supiésemos de antemano;
pues no es mucho descubrimiento el anunciar que todos nacemos y morimos de una
misma manera.

No hay comentarios:
Publicar un comentario