miércoles, 6 de enero de 2016

Dos escenarios de un genocidio

El lamentable papel de excolonizadores y la ONU

Cuando se fomenta el odio cualquier excusa puede ser válida para que se produzca una masacre. En Rwanda fue la muerte del presidente en abril de 1994 -¿accidente? ¿atentado?- la que provocó la matanza masiva de tutsis en manos del ejército y las milicias hutu. El papel inoperante y cobarde que jugó la ONU y los antiguos colonizadores agudizó el balance sangriento de la acción deliberada de exterminio.

La Radio Televisión Libre de las Mil Colinas o RTLM (Radio Télévision Libre des Mille Collines) tuvo una actuación determinante para buscar la complicidad de toda la población hutu en el genocidio. Como suele pasar en casos parecidos hay un trabajo de despersonalización, los tutsis eran cucarachas que había que exterminar, y consignas, talar los árboles altos. Al mismo tiempo atribuirles el deseo de querer el poder para someter al pueblo hutu.

La población se dividía en aproximadamente el 85% de hutus y 15% de tutsis. En tiempos de colonización belga los tutsis habían gobernado el país, pero al descolonizarse, Bélgica entregó el gobierno a los hutus, cuyo ejecutivo alimentó los resquemores que procedían de la época en que gobernaban los tutsis.

Hay dos películas estrenadas en 2005, que relatan los tristes acontecimientos vividos en Rwanda desde abril a julio de 1994. En Hotel Rwanda, dirigida por Terry George, se narra lo acontecido alrededor del Hotel Des Mille Collines de Kigalli en la que su gerente, Paul Rusesabagina, hutu casado con una tutsi, dio refugio en el hotel a más de mil doscientas personas, que logró salvar gracias a sus dotes de negociador, hábito necesario para desarrollar su cargo en un lugar donde has de ganarte favores constantemente para sacar adelante un negocio. Contaba en su establecimiento con una escasa dotación de la ONU con órdenes expresas de no disparar. En Disparando a perros (Shooting Dogs), dirigida por Michael Caton-Jones, el escenario es la Escuela Técnica Oficial cercana a Kigalli, una misión del padre Christopher, un sacerdote católico, que cuenta en sus instalaciones con una dotación de soldados de la ONU para vigilar el proceso de paz recientemente firmado entre las dos etnias. El sacerdote cuenta con la colaboración de un joven idealista Joe Connor. Cuando se inicia la masacre se refugian en el centro unas dos mil quinientas personas. La tensión va creciendo al verse rodeado el centro por milicias hutu ávidas de sangre a las que sólo detiene la presencia de los soldados de la ONU. Cuando éstos abandonan el centro siguiendo órdenes de sus superiores se consuma la matanza.

Las dos películas se basan en hechos reales, la segunda de ellas se rodó en el escenario de los hechos, aunque su protagonista principal, el padre Christopher, era en realidad el sacerdote bosnio Vjeko Curic. En ambas quedan en evidencia la ONU y la comunidad internacional, para los que poco importaban, de hecho, los rwandeses.

Cabe destacar que el centro del problema no era una raza, los hutus, sino el fomento del odio que se fue alimentando durante muchos años. En otros países del entorno los que sufrieron fueron los hutus a manos de los tutsis, pero no se llegó a cometer una atrocidad de la magnitud que se produjo en Rwanda.

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